¿POR QUÉ NO UNA PEDAGOGÍA (EDUCACIÓN) NATURALISTA?
En educación podríamos aprender, tomar de modelo a la naturaleza como maestra, tal y como sugería el filósofo y pedagogo Jean Jacques Rousseau, aunque en clave (sentido) diferente. Me refiero a un enfoque más etológico a la par que psicológico (etología- estudio de la conducta animal no humana, psicología -estudio de la conducta humana). Una muestra de esto que se menciona, estaría en una observación de la crianza efectuada por las otras especies animales, que habitan con nosotros este planeta. Aunque su existencia la solemos olvidar, debido a nuestra absurda separación antropocéntrica (el ser humano como el centro de todas las cosas, tal que si éste fuese el único ser que se desplaza y respira en los múltiples rincones y ecosistemas que se extienden por la Tierra) entre naturaleza-cultura (somos naturaleza por mucha cultura, adquisición y transmisión de normas, valores, creencias que nos influyan).
Las demás especies animales no humanas incentivan (potencian) la autonomía, no generan un paternalismo o maternalismo, una protección constante que limite el auto-aprendizaje de sus retoños (hijos) . Esto se traduce en conceder más grado de actuación a los niños y niñas, para que,del mismo modo que sucede en las clases de animales no humanos, exploren e investiguen el nuevo mundo que se alza ante ellos. Por ejemplo, las tortugas ponen sus huevos en la playa, y al abrirse estos, las crías van ellas solas reptando hasta el océano. En el grupo de las aves, en las familias de las ocas salvajes, los polluelos se lanzan a volar cuando creen estar listos, sus padres no les impiden que se aventuren a saltar al vacío, si tropiezan o caen sin lograr planear, batir sus alas en el aire, ya aprenderán.
Lógicamente, tampoco se trata de quedarnos quietos y no intervenir si la vida de nuestros hijos e hijas corre peligro, ni desatenderles o ignorarles en el caso de que sufran daño o precisen ayuda. Aunque sí dejarles un poco a su aire, no frenar su interacción con los objetos y sujetos que están a su alrededor, contribuir a que amplíen sus esquemas, márgenes del mundo, abrirse a nuevas experiencias, enriquecer su insaciable curiosidad, alcanzando sus propias conclusiones, desencadenándose interesantes preguntas en ellos/ellas hasta ahora no formuladas.
viernes, 27 de febrero de 2015
domingo, 15 de febrero de 2015
La naturalización del egoísmo
<<La naturalización del egoísmo II: Planteamiento de un egoísmo positivo>>.
El egoísmo es necesario para avalar la subsistencia. Los instintos, reflejos, estímulos y demás respuestas emocionales básicas manifestadas, son mecanismos biológicos que primeramente poseemos desde el plano individual, buscando los medios para no perecer o morir.
El problema, es que el egoísmo es utilizado a la par que entendido normalmente de forma negativa, resaltándose una satisfacción única de los individuos, con olvido del grupo, contraproducente para asegurar el bienestar y el futuro de la especie que prevenga la temible extinción. Parece lógico afirmar que las múltiples especies no practican esta clase de conducta completamente provechosa o ventajosa para consigo mismas, invalidando a sus compañeros, puesto que el resultado conllevaría la extinción del conjunto de poblaciones de especies del planeta. Esta perspectiva comentada, que nada más incide en la competitividad y una consecuente desconfianza continua entre los individuos, establece lo que una amiga me ha sugerido denominar <<egoísmo negativo>>.
El egoísmo que exponemos aquí es uno en clave positiva, traducido en tomar en consideración los deseos y pasiones naturales compartidos por el conjunto de organismos, que nos mueven hacia la preservación de nuestro ser biológico animal. Lo que cambia, es que gracias a la complejidad que ofrecen los procesos ocurridos dentro de los sistemas cognitivos cerebrales (mentales-corporales) en la especie humana, sin presentar por ello una diferenciación o superioridad, jerarquía frente al resto de plantas y animales no humanos, que nos distancie y aísle del núcleo natural. En el caso humano, se adquiría mediante la educación, el periodo de enseñanza- aprendizaje, una orientación de esos impulsos fisiológicos de especie, los cuales desemboquen producto del hábito y las costumbres, en una cooperación, colaboración, mantenencia de lazos de empatía y solidaridad con el resto de miembros pertenecientes a nuestra especie y ajenas. Obraríamos desde el interés del sujeto, para alcanzar posteriormente la obtención de un beneficio mutuo grupal, colectivo, resolviéndose con las herramientas naturales-sociales, conflictos varios, problemáticas más complejas (recalcamos, no por ello infravalorar las funciones de los demás sistemas vitales plantas y animales no humanos) que las que acontecen en el reino vegetal y animal no humano.
Esta otra visión alternativa del egoísmo es una naturalizada, que atiende a los elementos biológicos-genéticos constituyentes, la base de cualquier organismo biológico, debería calificarse según mi amiga, con la cual estoy de acuerdo, de <<egoísmo positivo>>, en contraposición a la defensa de un altruismo desinteresado, derivado del discurso religioso, que invisibiliza y niega el interés por adquirir a través de nuestras acciones unos beneficios individuales, personales, tales como la misma satisfacción por prestar ayuda ¿Acaso hay pasividad o desvinculación en esta conducta?
Es decir, que en nuestra propuesta se arranca del egoísmo biológico que nos conforma a todos los seres vivos en pos de persistir, para ir modelándolo en un ambiente donde nos desarrollamos, conduciéndolo hacia unos intereses comunes, destacándose unas relaciones sociales de conveniencia, las cuales favorezcan la convivencia, dándose una participación íntersubjetiva (entre los sujetos), que se corresponde con la predisposición biológica para interactuar con otros miembros de la especie, expresadas mediante una conducta pro-social. Matizar que el resto de especies al igual que nosotros, se relacionan entre ellas, se ayudan, llegan incluso a sacrificarse por otros miembros cuando la vida de estos peligra, o bien se hallan en peligro, socorriéndoles. No se está negando la sociabilidad, o que acudan para aliviar el sufrimiento de quienes padecen dolor, simplemente se aclara que estas reacciones obedecen a unas causas o razones intencionadas. Dicho de otro modo, la activación de lo que se conoce por respuestas empáticas (ponerse en el lugar del otro) no es casual, ni tampoco un acto de altruista.
Jorge Beautell Bento, en colaboración con una amiga, compañera de filosofía, quien ofreció el término del <<egoísmo positivo>> como alternativa al clásico <<egoísmo negativo>>
Además, le agradezco enormemente que me haya animado a replantearme el punto de vista abundante en ética-moral, el cuál defiende a ultranza un altruismo biológico, que considera que las especies actuamos solidariamente, compasivamente sin esperar recibir una recompensa, una compensación de algún tipo. Dicho altruismo puro desnaturaliza la presencia del egoísmo, el cuál representa un principio elemental que posibilita la auto-conservación propia de cualquier forma de vida.
El egoísmo es necesario para avalar la subsistencia. Los instintos, reflejos, estímulos y demás respuestas emocionales básicas manifestadas, son mecanismos biológicos que primeramente poseemos desde el plano individual, buscando los medios para no perecer o morir.
El problema, es que el egoísmo es utilizado a la par que entendido normalmente de forma negativa, resaltándose una satisfacción única de los individuos, con olvido del grupo, contraproducente para asegurar el bienestar y el futuro de la especie que prevenga la temible extinción. Parece lógico afirmar que las múltiples especies no practican esta clase de conducta completamente provechosa o ventajosa para consigo mismas, invalidando a sus compañeros, puesto que el resultado conllevaría la extinción del conjunto de poblaciones de especies del planeta. Esta perspectiva comentada, que nada más incide en la competitividad y una consecuente desconfianza continua entre los individuos, establece lo que una amiga me ha sugerido denominar <<egoísmo negativo>>.
El egoísmo que exponemos aquí es uno en clave positiva, traducido en tomar en consideración los deseos y pasiones naturales compartidos por el conjunto de organismos, que nos mueven hacia la preservación de nuestro ser biológico animal. Lo que cambia, es que gracias a la complejidad que ofrecen los procesos ocurridos dentro de los sistemas cognitivos cerebrales (mentales-corporales) en la especie humana, sin presentar por ello una diferenciación o superioridad, jerarquía frente al resto de plantas y animales no humanos, que nos distancie y aísle del núcleo natural. En el caso humano, se adquiría mediante la educación, el periodo de enseñanza- aprendizaje, una orientación de esos impulsos fisiológicos de especie, los cuales desemboquen producto del hábito y las costumbres, en una cooperación, colaboración, mantenencia de lazos de empatía y solidaridad con el resto de miembros pertenecientes a nuestra especie y ajenas. Obraríamos desde el interés del sujeto, para alcanzar posteriormente la obtención de un beneficio mutuo grupal, colectivo, resolviéndose con las herramientas naturales-sociales, conflictos varios, problemáticas más complejas (recalcamos, no por ello infravalorar las funciones de los demás sistemas vitales plantas y animales no humanos) que las que acontecen en el reino vegetal y animal no humano.
Esta otra visión alternativa del egoísmo es una naturalizada, que atiende a los elementos biológicos-genéticos constituyentes, la base de cualquier organismo biológico, debería calificarse según mi amiga, con la cual estoy de acuerdo, de <<egoísmo positivo>>, en contraposición a la defensa de un altruismo desinteresado, derivado del discurso religioso, que invisibiliza y niega el interés por adquirir a través de nuestras acciones unos beneficios individuales, personales, tales como la misma satisfacción por prestar ayuda ¿Acaso hay pasividad o desvinculación en esta conducta?
Es decir, que en nuestra propuesta se arranca del egoísmo biológico que nos conforma a todos los seres vivos en pos de persistir, para ir modelándolo en un ambiente donde nos desarrollamos, conduciéndolo hacia unos intereses comunes, destacándose unas relaciones sociales de conveniencia, las cuales favorezcan la convivencia, dándose una participación íntersubjetiva (entre los sujetos), que se corresponde con la predisposición biológica para interactuar con otros miembros de la especie, expresadas mediante una conducta pro-social. Matizar que el resto de especies al igual que nosotros, se relacionan entre ellas, se ayudan, llegan incluso a sacrificarse por otros miembros cuando la vida de estos peligra, o bien se hallan en peligro, socorriéndoles. No se está negando la sociabilidad, o que acudan para aliviar el sufrimiento de quienes padecen dolor, simplemente se aclara que estas reacciones obedecen a unas causas o razones intencionadas. Dicho de otro modo, la activación de lo que se conoce por respuestas empáticas (ponerse en el lugar del otro) no es casual, ni tampoco un acto de altruista.
Jorge Beautell Bento, en colaboración con una amiga, compañera de filosofía, quien ofreció el término del <<egoísmo positivo>> como alternativa al clásico <<egoísmo negativo>>
Además, le agradezco enormemente que me haya animado a replantearme el punto de vista abundante en ética-moral, el cuál defiende a ultranza un altruismo biológico, que considera que las especies actuamos solidariamente, compasivamente sin esperar recibir una recompensa, una compensación de algún tipo. Dicho altruismo puro desnaturaliza la presencia del egoísmo, el cuál representa un principio elemental que posibilita la auto-conservación propia de cualquier forma de vida.
sábado, 22 de noviembre de 2014
Desprenderse de creencias metafísicas: Naturaleza de especie
Al desposeernos de credos religiosos y metafísicos nos percatamos de la voluntad de subsistencia presente en todas las personas debido a la <<naturaleza de especie>>, desarropados de seres superiores buscamos cobijo en quienes nos rodean, los demás. Amamos, mantenemos amistades, ayudamos al resto. La supervivencia nos guía, nos mueve, pero desde fuera de cualquier sentido que no sea el de la propia satisfacción de necesidades. Pretender cruzar los límites físicos es transformar lo minúsculo en gigante. Si nos fijamos bien podemos contemplar la nada que somos, un punto microscópico en el cosmos o universo material. Por tal razón la vida es vacía, hueca, porque solo cuenta lo que percibimos, demostramos, explicamos, probamos. Romper esa barrera da como resultado la construcción de deidades, dioses a los que acudir, nuestro amuleto de la suerte. ¡Ah! Pero no hay tal suerte. Esta es otro invento más con el que evadirnos el caracter hipotético (probable, sin certeza hasta que sucede) de la Naturaleza que nos compone.
lunes, 10 de noviembre de 2014
La ilusión de la libertad
Respecto a la libertad, y quienes aseguran que es posible abandonar los limites biofísico-mentales-cerebrales-ambientales.
-¿Como se puede abandonar un límite mental-cerebral si realmente ese límite físico, como limitación impide ir más allá de él?
No existe la denominada libertad absoluta o libre albedrío, puesto que hay una serie de condicionantes. En primer lugar no es posible ir contra la genética, nuestras características iniciales, capacidades, ventajas, desventajas.
En segundo lugar, en el apartado físico-psicológico, es imposible dejar fuera el razonamiento motivado. Buscamos salvaguardar las creencias interiorizadas, convicciones, opiniones que tengamos, emociones, manteniéndolas fuera de toda crítica, tratando de que haya correspondencia con ellas. En cambio, si tendemos a evaluar aquellas contrarias a las nuestras. Las elecciones no las tomamos libremente, pues según este sesgo cognitivo buscaremos la manera de que no haya disonancias entre lo que pensamos y hacemos, cambios, alteraciones que afecten a nuestro sistema básico de creencias. Atendiendo a otro sesgo cognitivo denominado sesgo por confirmación, pretendemos que nuestras creencias y criterios se vean confirmados en todo momento.
Tampoco cabe dejar de lado las experiencias que nos han sucedido, ocurrido, la educación, familia, amistades, influencias externas. Es decir, las condiciones del ambiente, y como nos afectan para actuar de un modo u otro.
Así mismo, los comportamientos básicos mantenidos obedecen a la biología, igual que el campo físico-psíquico emocional tiene un origen biológico-genético, resulta inútil pretender romper con ellos por completo, Luego las decisiones que tomamos las hacemos condicionados por estos factores, determinados por ellos. En cuanto a la trascendencia que se defiende (superar las barreras físicas) respecto a la materia. Todo es inmanente,interno, no externo, inherente a la naturaleza material, y está dentro de la esencia, composición físico- químico natural de las cosas
¿Por qué desnaturalizamos la muerte?
A mi parecer, las personas desnaturalizamos la muerte. La concebimos como algo lejano, en otro plano, y que no nos afecta hasta que ocurre. Vivimos sin pararnos a pensar en lo efímera que es nuestra existencia. Nos distanciamos de la naturaleza física-material, creyendonos inmortales, no reparamos en nuestra vulnerabilidad, debilidad como animales que somos, especie biológica que tiene una corta duración. Como consecuencia de ello inconscientemente aunque también a propósito, nos desprendemos de algo que es inevitable, y que puede llegar en cualquier momento.
Es un hecho que cuando llega cualquier padecimiento y dolor, sufrimos en menor o mayor medida. Sin embargo no comprendemos los motivos por los cuales experimentamos malestar, ignoramos la voluntad de subsistencia, satisfacción de nuestras necesidades básicas como individuos, especies, poblaciones biológicas.
Una posible razón para esta niebla o velo que se interpone ante la potencia natural, captar la capacidad de autoconservación que caracteriza a la vida, podría deberse a que no nos relacionamos con la idea de la muerte, esto es dejar patente en nuestra mente-cuerpo-cerebro dicha idea/concepto de muerte. La culpa de esta negación/repulsa por la muerte recae en la educación religiosa, espiritual recibida, que anula la percepción de la naturalidad, el conocimiento mental-corporal de la muerte, la admisión de una causa natural que puede afectar a nuestro sistema vivo cerebral-mental-corporal. Pero esto es rehusado, producto de esa ruptura con la naturalidad que envuelve la muerte, y dada la brecha establecida somos ciegos.
Tampoco percibimos el dolor como algo natural, inevitable en algún periodo de la vida, lo queramos o no. Luego, no comprendemos que ese padecimiento obedece a una relación o conexión con la mencionada muerte que rechazamos, y que conforma nuestra corta esencia y existencia corporal, material
De aquí vemos que no captamos la potencia e importancia de la vida y sus seres, la interdependencia desde su materialidad corporal. Es decir, la esencia del carpe diem, disfrutemos mientras sea posible, así como emprender acciones que alegren el vivir común, ansiar el interés por una supervivencia colectiva, de cada una de las especies vivas, reconocer la vida y su capacidad. Pero nos engañamos imaginando que podemos esquivar nuestro fin. Lo cierto es que no somos dueños acerca de como serán nuestros últimos instantes, previos a la expiración final.
Es una falsedad pensar que en este mismo instante no estamos a merced de la posibilidad de la muerte. Lo que sucede es que ese aprendizaje educacional recibido se ha encargado de sembrar miedo a lo que acontecerá cuando cerremos los ojos. Desde el punto de vista natural no ocurrirá nada, sino la descomposición material de la que se alimentaran otros cuerpos, organismos. Aun así nos empeñamos en que habrá una suerte de juicio, o bien dar cuenta ante un tribunal divino/sobrenaturalde nuestras faltas y malas acciones.
La cura para ese miedo que nos recorre el cuerpo-mente, y el cual produce que nuestra piel se erice es el auto-engaño, manifestado en un disfraz con el que diariamente nos cubrimos: la idea metafísica de inmortalidad, hasta que la mortalidad se nos presente como visible, o ya sea tarde, por lo seamos incapaces siquiera de advertir la brevedad de nuestro paso por la tierra.
Nos alejamos del dolor por un impulso biológico de especie, nuestra preservación. Por ello permanecemos alegres, ansiamos estar contentos de animos, satisfechos, fuera de cualquier recuerdo triste que se asemeje o nos traiga la imagen de la muerte. La mente-cuerpo busca preservarse también. No obstante, tal como se ha mencionado, no adquirimos consciencia de la composición natural, de la brevedad, duración de las cosas, de las fuerzas que actúan en nosotros mismos en una actitud de especie viva.
Al discriminar el sufrimiento y no analizar sus causas, desconocemos la base de la vida, los elementos básicos, instintos de supervivencia que nos mueven a actuar para preservarnos. Dichas raíces donde brota la vida para nosotros es la misma que las estrategias evolutivas seguidas por cualquier especie. Esta es que ansiamos permanecer, autoconservarnos, sobrevivir, que vivimos para escapar de la angustia y sufrimiento, la muerte.
Si por el contrario aceptásemos la muerte como limitación natural, fuésemos humildes y habláramos del disfrute y goce de los placeres en este corto tiempo como seres mortales que somos, entonces podríamos hacer frente a las adversidades y embates de la vida desde una conciencia de la temporalidad material, la finitud, cuando sin aviso nos golpeen la tristeza, pena, dolor.
En esta circunstancia obviamente ansiaremos sumar potencias, cooperando con l@s demás, obrando para mantenernos ligados al vivir, teniendo conocimiento de la mortalidad. Desde esa conciencia, ir incrementando las acciones positivas, solidaridad por interés de manternos a flote, actuar adecuadamente con l@s otr@s, nuestra dependencia con ellos en nuestro tiempo vital.
Se trataría de alcanzar aquí la suma de la potencia, estar en armonía, cooperar, adquirir la fortaleza, buscar los medios para que este (el sufrimiento, la angustia) no nos destruya, comprendiendo nuestra identidad de especie, la esencia material de la que estamos compuestos, perecedera, efímera, valorar la existencia desde su brevedad, reconociendo la fuerza de estar conectados a ella junto al resto de seres, el resto de naturalezas vivas durante el tiempo que late nuestro corazón.
De esto se deduce que precisamente por el deseo de no morir nos aferramos a la vida, al amor, generamos y mostramos los afectos, nos relacionamos con las personas queridas, amistades, familiares,etc. La necesidad de los demás obedece a razones evolutivas de subsistencia. Comprender esos motivos es hacer la existencia propia y la de los demás más agradable, para que puedan sobrevivir y aferrarse a la vida, cooperar por el mismo fin que nos ofrezca respirar, no extinguirnos, beneficiarnos mutuamente.
Todo esto se conseguiría devolviendo a la muerte el carácter natural, entendiendo porque actuamos movidos por impulsos de adherirnos a la vida: La actitud natural de especie, con un comportamiento desde la conciencia natural de la finitud, para frenar las amenazas, satisfacer necesidades, obtener beneficios mutuos/recíprocos el individuo y quienes le rodean.
La realidad del determinismo
A veces quieres volver a tener los gustos e ideas, puntos de vista, enfoques que tenías hace tiempo, pero te das cuenta que no depende de ti. Argumento determinista:
-Existen condicionantes de tipo físico-psicológicos (emocionales) y ambientales (del entorno) que no podemos ignorar ni evitar, y que por tanto influyen en lo que hacemos o lo que decidimos ¿Dónde queda la libertad aquí?
-Estamos determinados por factores biológicos, psicológicos y ambientales en las elecciones que tomamos, sin salir de la realidad material/natural en ningún momento.
-Lo que escojamos lo haremos en base a tales variables o condiciones.
-Conclusión: No somos libres en absoluto. La libertad o voluntad no es más que una ilusión.
Que alguien me contra argumente si defiende la libertad, el libre albedrío, en que parte la encuentra, ante esta imposibilidad expuesta en cuanto a desear ser en aspectos mínimos como uno/una era antes.
Naturaleza de especie: Las costumbres sociales
Las costumbres sociales responden a intereses biológicos, que las especies adoptamos para adaptarnos a las necesidades que demanda el medio, son estrategias de supervivencia. Las conductas son producto de una necesidad por perseverarnos, por existir. En base a esto, podemos desde la identidad biológica de especie dirigir nuestras acciones para alcanzar una supervivencia común, partiendo siempre de los intereses de subsistencia básicos, encontrando en las raíces evolutivas el reconocimiento de nuestras necesidades, expresadas estas en las ajenas. Cabe afirmar que no existe una <<naturaleza humana>>, sino que resulta más adecuado referirse a una <<naturaleza de especie>> quebrando los antropocentrismos y antropomorfismos (construcciones humanas de la realidad), la separación del ser humano de la naturaleza físico-psiquica, material.
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